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Pregrado/ Facultad de Artes Integradas
Facultad de Artes Integradas
Escuela de Comunicación Social

 

    Comunicación Social

  

CAMPESINOS SIN CAMPO 

FUE UNA  MADRUGADA…

 TODOS AFUERA. Hijueputas afuera. Muévanse hijueputas que no tenemos ganas de esperarlos. Estos maricas se están buscando que los encienda a candela. A ver afuera.

 El reloj marca las tres y treinta de la madrugada. La luna todavía se divisa en el cielo. A las pupilas les cuesta trabajo acostumbrarse a la oscuridad del ambiente. Oscar se encuentra en su cama con los ojos cerrados. Tal vez está soñando con su familia que se encuentra en el pueblo, después de una noche de parranda. Tal vez ni siquiera está dormido y sólo descansa los párpados. Tal vez ni piensa, ni imagina, ni recuerda, está sumido en la tranquilidad de la noche que sólo se ve interrumpida por el sonido de las luciérnagas y por las risas de unos cuantos campesinos que se resisten al sueño. Aunque en la habitación hay más de 10 hombres acostados en sus camas, una al lado de la otra,  el frío congela los huesos protegidos por una cobija de lana. Ahí está Oscar. Inmóvil. Preparándose silenciosamente para otra jornada de trabajo… TODOS AFUERA… Siete encapuchados entran al cuarto azotando las puertas  y pegando alaridos cargados de insultos y órdenes. Los que empiezan a reaccionar  pegan brincos al pararse de la cama. No tienen tiempo  de entender que está pasando y mucho menos de vestirse. Son empujados por los encapuchados que continúan gritando y dándole patadas a las camas de aquellos que todavía no reaccionan.

 ESTOS HIJUEPUTAS  SE VAN HACER MATAR. ¡Paramilitares!. Los encapuchados son paramilitares, alcanza a decir en voz baja Oscar, cuando le arrebatan de las manos la camisa y lo empujan al exterior de la habitación. El frió se hace más intenso. Sólo unos calzoncillos blancos cubren el cuerpo de Oscar.  En el patio los hombres sin rostro han organizado en cinco hileras a todos los que se encontraban en las habitaciones. Unos cuantos encapuchados continúan recorriendo la finca, registrando cada rincón en busca de un vivo que haya preferido esconderse. A Oscar le amarran las muñecas juntas con una cabuya  que se hace nudo y que le lastima la piel. Pero ese dolor físico no se siente cuando el miedo le recorre a uno las venas y el frío le consume los huesos. Ver tantos hombres sin poder identificarlos, sabiendo por sus ropas que son de las AUC, viéndoles en los ojos el instinto asesino y en sus manos armas de fuego que en cuestión de segundos acaban con la vida de cualquiera, hace que a uno le tiemblen las piernas, le duela el estómago, le rechinen los dientes y los pensamientos se vuelvan ruegos a Dios. Con sus ojos amenazantes  que nadie se atreve a mirar y mucho menos a desafiar, revisan  que los campesinos no se muevan o hagan algo que ellos consideren sospechoso. Quietos; todos se tienen que estar quietos. YA NO QUEDA NINGUNO DE ESOS HIJUEPUTAS EN LA CASA. Al parecer todos estamos formados ahí, algunos en ropa interior, otros en pijamas  y otros, aquellos que todavía no se habían acostado, con la ropa del día anterior. Todos mirando al frente con los ojos perdidos, parados con los pies juntos y las manos atrás. Todos escuchando en un silencio aparente, porque el corazón de más de uno late rápido y duro y las piernas tiemblan al obligarlas a mantenerse erguidas. Los cuatro hombres que están adelante se ubican en cada esquina y el comandante comienza a mover sus labios. No queda más remedio que escucharlo. Oír como nos acusa de sapos por habernos atrevido a colaborarle a algún guerrillero. Oír que a todos los sapos, a todos los que estamos ahí parados, nos van a matar o por lo menos a torturar. VAMOS A VER COMO MÁS DE UN SAPO SE MUERE  COMO SE TIENE QUE MORIR POR HIJUEPUTA.

 Oscar no puede evitar  pensar en que todos son culpables e inocentes. Hasta ayer los guerrilleros eran los que dominaban la zona. Tenían prácticamente incomunicado al pueblo. Había frentes en los alrededores. Eran ellos los que se encargaban de la seguridad con tal de que se les pagara la vacuna y se les diera comida y agua cuando ellos arrimaran a la finca. Todos éramos culpables, porque sabíamos de su presencia y no hacíamos nada. Pero todos éramos inocentes, porque el único que hablaba con ellos era el patrón. Nos tenían organizada la rutina. Nos acostábamos a las ocho y los primeros miércoles del mes,  ellos hacían un recorrido por las fincas del sector. Estaba prohibido escuchar sus conversaciones, hablarles o espiarlos.

 La finca estaba sumida en un absoluto silencio. Esos hombres que momentos atrás se reían a carcajadas, hablaban a gritos y que aún conservaban licor en la sangre, ese aguardiente que se arrebataban de mano en mano para evitar que algún vivo se lo acabara, ahora se encontraban silenciados, quizá llenos de miedo al ver sus vidas en peligro o quizá sin entender muy bien que estaba ocurriendo, pero todos deseando que la noche hubiera continuado entre conversaciones, risas y tragos así al día siguiente el trabajo hubiera que empezarlo con el cantar del gallo. Quietos. Todos se encontraban quietos y en silencio. 

 VAMOS A VER SI A LOS DEMÁS LES QUEDAN GANAS DE SEGUIR EL EJEMPLO DE ESTOS HIJUEPUTAS MALPARIDOS QUE COLABORAN CON ESOS OTROS HIJUEPUTAS. Estaban en el matadero. Oscar sabía que algunos de los que estaban ahí parados iban a morir en cuestión de minutos y quizá de segundos. Tal vez él moriría. Tal vez primero los torturarían para sacarles información y ahí si los matarían de distintas formas. Quizá un tiro en la frente o en el pecho. Quizá una herida en el estómago y un desangramiento de horas y de pronto de días. Tal vez les abrirían el estómago a las mujeres embarazadas o primero las violarían para después matarlas. Tal vez  les cortarían el cuello para sacarles la lengua por sapos. Era inevitable sentirse en un juicio popular, donde los que salieran culpables iban a recibir la pena de muerte violenta y los inocentes, si los había, tendrían que salir corriendo o cambiarse al bando de los nuevos patrones.

Oscar alcanzó  a escuchar los pasos del comandante que anunciaban el inicio del juicio. Hasta los sonidos más imperceptibles se hacían vibrantes por la tensión que viajaba en el ambiente y que contaminaba los cuerpos. Primer Testigo y Acusado: Pedro Ortiz. Lo jalaron de la camisa y lo empujaron con tal fuerza al frente que, después de dar unos pasos, se desplomó sobre sus rodillas. VOS HIJUEPUTA DECIME QUIEN ES EL PATRÓN. No sé si fueron los tragos de la noche anterior  o el miedo que generaban los sin rostro, pero Pedro Ortiz parecía no entender  lo que estaba pasando. Su silencio parecía enojar al comandante que ya lo apuntaba con el arma.  A VER HIJUEPUTA DECIME QUIEN ES EL PATRÓN. Su voz que normalmente era fuerte y templada, parecía ahora de un niño tímido que se negaba a hablar: yo. Dos letras. Un pronombre que se escuchó tan suave y a la vez tan agudo por el miedo y el terror. Un yo que se volvió  su última palabra antes de que el PAJ le sacara la sangre del cuerpo. Un cuerpo inmóvil que se desplomó hacía adelante, mientras que de su cabeza salía la sangre que minutos antes había circulado por su cuerpo. PAJ y el cuerpo se sacudía ya en el suelo. Un último disparo por si no se había muerto del todo. NINGÚN HIJUEPUTA SE BURLA DE NOSOTROS.

 Segundo Testigo y Acusado: José Pérez, el mayordomo de la finca.  José se encontraba al lado del hombre que acababan de matar. Había visto en primera fila cada respiración, cada movimiento y había sentido en carné propia, tal vez como ninguno, la sentencia final. Pero, al parecer, esto no era suficiente para los encapuchados. A éste lo empujaron y sin dar ningún paso cayó al piso, mientras el cuerpo le temblaba con fuerza y las lágrimas empezaban a salirle huyendo por los ojos. Sin más preámbulos y con la voz más enfurecida le repitieron la misma pregunta que al primero. ¿QUIÉN ES EL PATRON? No sé si la pistola que les apunta la frente no los deja analizar la situación o si es que en un momento como ese se pierde toda capacidad de análisis.  Pero sus palabras confirmaron lo que segundos antes había confesado Pedro: Él era el Patrón.  HIJUEPUTA Y PAJ. El hombre y el arma eran como una sólo persona aplicando la sentencia. HIJUEPUTA Y PAJ. El segundo cuerpo se desplomó a pocos centímetros del primero. Las mujeres no podían  contener las lágrimas, pero se veían obligadas a contener los gritos de horror. La voz desapareció. El miedo las había enmudecido. Oscar miraba al suelo donde descansaban los pies descalzos de aquellos dos hombres  e intentaba acallar las expresiones de rabia y fragilidad. En momentos como ese es cuando la vida se le pasa a uno en segundos por la mente. Vida hecha recuerdos felices, principalmente de la familia. SE VAN A HACER MATAR TODOS ESTOS HIJUEPUTAS.

 

Tercer testigo y Acusado: María Delia Señil. Una mujer negra y gorda que se encontraba detrás del mayordomo y que se llevó las manos a la boca para contener los gritos que se le escapaban entre los dedos. No me maten. Por favor no me maten. Su voz llorona y temblorosa se juntaba con las lágrimas y se volvía una súplica desesperada. Súplica que se reflejaba en su cuerpo, en su frente, en sus manos. Súplica que parecía satisfacer al comandante que la miraba y sin pensarlo dos veces la apuntaba con la pistola que pocos segundos antes le había dado muerte a los dos hombres que reposaban sobre la tierra. Con una sonrisa le repitió la misma pregunta: DECIME MALPARIDA QUIEN ES TU PATRÓN. Ella que intentó controlar el llanto para que la voz, o por lo menos algo de ella, respondiera, al primer intento no pudo decir nada. DECIME HIJUEPUTA QUIEN ES. Señor el Patrón era el primer hombre que usted mató y el segundo era el mayordomo. HIJUEPUTA LA CAGAMOS. Todo  ocurrió en cuestión de segundos: los hombres que nos rodeaban se miraron, el comandante dio con su bota un golpe al suelo y PAJ. El cuerpo de la mujer cayó inerte cerca al del mayordomo. PAJ, PAJ, PAJ. Es como si la rabia de haberla cagado la hubiera descargado en el cuerpo inerte de la cocinera que suplicó por su vida, pero que ni el llanto pudo evitar que la perdiera.

Cada cuerpo que se desplomaba levantaba un humo de polvo e impregnaba el poco pasto verde de un rojo oscuro. Un rojo de muerte.

Oscar que se encontraba en la quinta hilera de la cuarta fila no logró controlar la ira y el sentimiento de injusticia que su mente alimentaba al hacer analogía con el recuerdo de  los judíos muriendo en Alemania a manos de los Nazis. Callados, los judíos habían muerto callados. Y como cuando se escapa un suspiro empezó a gritar.  La rabia le salía por su boca convertida en palabras. Quizá a Oscar ya no le importaba morir o quizá le importaba tanto que no podía seguir esperando en silencio que lo mataran. Cerró los puños con toda su fuerza, arrugó su frente, los ojos no parpadeaban y el calor lo recorrió, olvidándose de la brisa helada de aquella mañana. Déjenos en Paz. Silencio. En absoluto silencio se quedaron todos.

 ¡Auxilio! ¿Por qué no nos matan ya a todos? Ustedes son los Hijueputas. 1, 2, 3. Tres segundos después de los gritos y la temperatura de ese momento revienta cualquier termómetro. El ambiente se hace más tenso. Las lágrimas se contienen. Las caras no saben que expresión hacer. Los hombres que se encontraban al frente de la formación ahora se encuentran a unos centímetros de Oscar, obligando a los demás campesinos a girar sus miradas hacía ellos. En ese momento ya no se piensa en la vida y menos en la muerte. Sólo se siente terror y al mismo tiempo dignidad. El arma que mató a los cuerpos que reposaban en el suelo y que significan un vació en las filas se mueve hacía la quijada de Oscar y con su parte inferior la golpean repetidamente. CALLATE HIJUEPUTA. No sé si Oscar se había convertido en el cuarto acusado y testigo, tampoco sé si sentía el dolor físico de los golpes, pero si sé que no dejaba de sentir un dolor que huele a dignidad, a orgullo. El miedo seguía ahí, pero ya casi no se acordaba de él. Obligó a sus piernas a moverse y arrancó a correr. Corran. Corran. “Yo corría sin mirar atrás. Corría y no pensaba sino en salvarme. Sólo podía escuchar los disparos y segundos después los gritos y los cuerpos que se desplomaban a mis espaldas. Los que seguíamos vivos corríamos. Corríamos. Yo escupía los dientes quebrados con saliva rojiza. El dolor no lo sentía. Sólo pensaba en correr. Me daba miedo pensar en que una bala alcanzara mi cuerpo y cayera como los demás. En esas llegué al río. El mismo río donde tiraban los cuerpos que habían perdido la vida a manos de la guerrilla días antes. Era mi oportunidad de salvarme. Sólo me tiré”. Un río que sumergía a Oscar en su acelerada corriente, mientras él intentaba mantener la cara a flote, por lo menos mientras inhalaba. “Cómo tenía las manos amarradas  y la corriente me llevaba muy rápido, con la boca me agarré de unas ramas que habían sobre una orilla. Hay si el dolor de los golpes fue terrible, pero era eso o morirme ahogado. No sé como salí del río. No me acuerdo de nada más hasta que desperté en un campamento guerrillero. Ellos me habían curado la herida. Me llevaron al pueblo y, sin pensar nada, busqué a mi familia y me fui corriendo. Nunca deje de correr”.

 

AHORA ACÁ  EN LA FUNDACIÓN… 

Ahora soy el coordinador de la fundación Paz, Pan y Vida. Agrupación de desplazados que luchamos por una vida digna, cómo la que teníamos de donde nos sacaron a punta de miedo. Es una fundación que creamos en junio del 2000, sin personería jurídica, porque estamos conociendo el camino. No tenemos una propuesta escrita. Buscamos responder la pregunta: ¿Qué le falta a las asociaciones de desplazados?”

 Los recuerdos son tan vivos que Oscar vuelve a ese día, a esa hora, a ese momento una y mil veces, nadie sabe hasta cuando. Son recuerdos que lo persiguen y lo han perseguido en las noches, en el día, cuando ve a su señora, cuando se mira al espejo y cuando conoce personas que, con situaciones similares, se han visto obligadas a dejar la casita, buscar la familia y venirse a la ciudad. Son imágenes de dolor y sangre. Y después de pensar, de guardar silencio un rato, de controlar las lagrimas, de apretar los puños para que la tristeza no se alcance a hacer visible sólo, con su voz algo quebrada, dice: “Gracias a Dios mi familia estaba en el pueblo y no en esa finca, porque así sólo tenía que pensar en salvarme yo”. Quizá si su familia hubiera estado allá, Oscar habría muerto por salvarlos. Quizá no habría gritado. Quizá el instinto de autoprotección no lo hubiera dejado sino acordarse de él.  Pero como él dice: Ese no fue su caso, pero si el de muchos desplazados.

Maria del Carmen López: su padre Hugo López fue asesinado, junto a otras 13 personas  en octubre de 1997 a manos de paramilitares. Humberto Restrepo: familiar de siete víctimas de la masacre de El Salado Bolívar, ocurrida entre el 18 y el 21 de febrero del 2000, que dejó 100 muertos y fue atribuida a un grupo de 400 paramilitares.  Freddy Rojas: presenció el asesinato de su hermano y de su padre a manos de 8 paramilitares comandados por alias “el Cirujano”, llamado así porque usaba una motosierra para matar a sus víctimas.  Maria Antonia Chativa: madre de 15 hijos, 7 de ellos perdidos en conflicto.

 Del dolor de los golpes sólo queda una cicatriz en su rostro, pero el dolor de la dignidad y el orgullo…por ese es por el que todavía se pelea. “Los desplazados no somos mendigos, somos trabajadores sin tierra y sin oportunidad” y de eso se trata la fundación. Pan, Paz y Vida no es sólo un hogar donde se apadrinan los desplazados que llegan a Cali para garantizarles las necesidades básicas y los derechos fundamentales. Sino que es un grupo de personas que ayudan a que los desplazados se repongan del dolor y el abandono, del cambio drástico de medio y les ofrecen posibilidades para que empiecen a trabajar aquí y ahora.

 La vida de Oscar ha cambiado varias veces. Su niñez la pasó en el Putumayo. Después se vino a Cali, donde trabajó en la Cooperativa Financiera Solidaria durante 9 años. 9 años para él perdidos, porque al quebrar la cooperativa quedó sin seguro médico, sin seguro de vida, sin pensión y sin trabajo. “En el pueblo yo había dejado mis amigos de la escuela y fue por uno de ellos que conseguí el trabajo con Pedro Ortiz como decorador de interiores” y, aunque es un trabajo que sólo le garantiza 7 meses de comida y manutención, en una situación económica tan difícil, en una ciudad paralizada y siendo una persona con pocos estudios académicos, más vale algo que nada. Por eso decidió irse nuevamente al Putumayo. “Yo no sabía que Pedro tenía relaciones con las FARC. En esa finca había cocinas, extensiones de tierra para sembrar coca y se pagaban vacunas para que los guerrilleros cuidaran la zona y no secuestraran a nadie de por ahí. El ejército hacía apariciones momentarias y poco regulares. Cuando llegaban preguntaban por la guerrilla y los paras, pero en un ambiente tan caldeado es mejor guardar silencio”, quizá hacerse el ciego, el sordo y el mudo.

 “El desplazamiento no es un efecto de la guerra, sino que eso tiene un trasfondo. Aquí no hay desplazados por situaciones de la guerra, por el contrario, aquí hay guerra para que hayan desplazados, que es muy diferente”.

 Su jornada diaria nunca es fija ni rutinaria. Sabe que se levanta con las gallinas, como un buen campesino, pero cada día hay nuevos problemas y nuevos derechos pisoteados por los cuales hay que pelear. “Una vez nos tomamos el parque de la gobernación, porque Cali es una ciudad muy egoísta y cerrada. Cuando estaba de alcalde el señor Cobo, se vendió la imagen de que los desplazados éramos un problema, porque le quitábamos belleza a la ciudad, parados en los semáforos generábamos la sensación de miseria. Por eso fue que el señor Cobo propuso cerrarles las entradas de Cali a los desplazados de todas la regiones” Quizá, porque para él el problema desaparecería o porque le importaba más la belleza que la necesidad. Pero invisibilizar el problema no hace que desaparezca, sólo lo oculta ante los que no lo quieren ver, pero, como ha dicho varias veces Oscar, el problema no son los desplazados o los guerrilleros o los paramilitares, el problema es la injusticia social.

 “Mi desplazamiento no obedece a un enfrentamiento mío con los paramilitares. Sólo estuve en el lugar equivocado a la hora equivocada. Soy desplazado, pero no desarraigado

 CON LOS PIES SOBRE LA CIUDAD… 

“Llegar a la ciudad fue más duro que salir huyendo del Putumayo”. Fueron días sin saber que hacer ni a donde ir. Días sin un solo peso en el bolsillo y sin un pan  para calmarle el hambre a la familia.

 3 de Marzo de 1999 y de ahí PA delante…

 Parados en el terminal con unas cuantas talegas transparentes en las manos, donde se alcanza a divisar lo que ellos querían ocultarle a una ciudad irreconocible, la pobreza, Oscar y su familia se vio obligada a buscar un semáforo, estirar el brazo y pedir una colaboración económica para pagar un sitio donde pasar la noche. La familia en cada rojo del semáforo se repartía entre las hileras de carros que paraban y explicando su condición de desplazados, esperaban recibir cualquier monedita. De muchos no recibieron ni una mirada, continuaban con el vidrio arriba, escuchando música y jugando a la gallinita ciega. De otros sólo recibieron una mirada de duda y  un “no tengo” de sus labios y, de una cantidad muy escasa, de aquellos que querían hacer la caridad religiosa del día,  unas cuantas monedas, sólo monedas. 100, 200 y hasta 500 pesos que completaron para pagar el alquiler de un cuarto por una noche en Agua blanca.

Eso fue, quizá, el golpe más duro para un hombre acostumbrado a trabajar. Era verse reflejado en cada mendigo, estar prisionero de una pobreza absoluta, donde así el orgullo jale no hay más remedio que pedir.

“Esa noche dormimos en el piso, con la ropa del día que acababa de pasar, sin una cobija para ahuyentar el frío  y sin un grano de arroz para calmar el hambre”. Pero esta historia en la ciudad apenas empezaba. Fueron días en los que el dolor, el desasosiego, el no reconocimiento de la nueva situación, no los dejaban hacer otra cosa que salir a la calle, buscarse un semáforo y pedir. El venirse del pueblo por la violencia es un cambio tan fuerte y tan repentino que la mente se paraliza, los miedos afloran y la quietud se vuelve una condena. Les tocaba utilizar los parques como sanitarios, las piletas como duchas y cambiar el arroz y unas papas crudas en la tienda por papas aborrajadas, al no tener ni una olla y ni una estufa para cocinar. Los cuerpos ya empezaban a oler a miseria y los pies arrastraban quietud. “Parecía como si cayéramos cada vez más en un estado de depresión sin ninguna oportunidad para trabajar”. Y por ahí dicen que al tocar el fondo no queda más remedio que pararse y salir de él y más cuando la familia empieza a doler.

 Tal vez aquí empiece la parte feliz de la historia, pero no es el final, ni dura para siempre. Y quizá está sea una historia de las pocas de desplazados que tiene una parte feliz. No la más feliz, porque esa sería no haber salido nunca de su tierra a causa de la violencia. Quizá a Oscar lo ayudó no ser desarraigado, haber vivido 9 años en la ciudad, contar con una educación suficiente (saber leer, escribir, sumar y restar)  y  tener una familia por la cual trabajar. Quizá sea sólo un hombre que tenía que estar de nuevo en el lugar preciso y a la hora indicada para encontrar la ayuda necesaria y para reaccionar ante la quietud.

 Un día cansado de sentirse víctima, cansado de ver que eran invisibles para la ciudad y para el país, Oscar cogió  a su hijo mayor  y se lo llevó al granero que quedaba en la esquina de donde estaban viviendo y pidió que le prestaran una olla, unas cuantas panelas, agua y unos vasos desechables. “Yo no quería dinero. Yo quería trabajar”. Salieron  a la calle, buscaron una esquina concurrida de la pasoancho y se pararon ahí con la olla a vender agua de panela, desde las diez de la mañana hasta las siete de la noche. “Me acuerdo que el primer día ganamos $60.000 pesos; con eso le pagamos al señor las panelas y compramos las del día siguiente”. Fueron ganancias que variaban entre $50.000 y $150.000 pesos diarios. 150.000 pesos que juntando, les sirvieron para salir del cuarto y alquilar una casa pequeña, comprar las camas, la ropa, la comida y meter a la escuela a los niños. El estar días enteros parados en los semáforos, con ese letrero colgado en el cuello o llevado en las dos manos que explica que son desplazados,  ofreciendo el agua de panela, les permitió conocer a más desplazados con historias a veces similares y a veces mucho más dolorosas, con quienes se fueron agrupando y a quienes ayudaron para que encontraran una forma de conseguir dinero sin tener que mendigar. También conocieron a otros que sólo se hacían pasar por desplazados para evitar el trabajo y ganarse lo del día más fácil.  Ese fue el tiempo en que Cali vivió el Bum de las aguas de panela en las esquinas.  “Los desplazados no somos mendigos. Uno si les debe colaborar con dinero al principio, para comprar los primeros materiales para que trabajen, pero después no, porque eso los mantiene en la quietud con la que se llega, en el desasosiego que no deja pensar”.

 AHORA TODO NO ES COLOR DE ROSA… 

De los desplazados todos hablan. Todos los hemos visto en los semáforos o en cualquier otra parte pidiendo una colaboración económica, comida, trabajo o lo que se les pueda dar. Pero quizá es una situación llena de sentimientos que preferimos olvidar o simplemente que evitamos sentir. En las ciudades el conflicto se respira diferente, se huele diferente, se oye diferente. Y por eso, sumándole la  ayuda de los medios de comunicación, nos queda tan fácil ignorar lo que realmente pasa: Medios de comunicación que incentivan el olvido con la organización de las noticias y con la parte de la realidad (si es que hay algo de ella) que cuentan. Quizá nos parezca generoso el gobierno dando subsidios, almuerzos y ayudas a los más pobres, pero lo que nadie entiende es que el gobierno poco o nada tiene de generoso, porque aquí no se trata de compasión o caridad, aquí se trata de la obligación de garantizarle a la gente, y sobretodo a los niños, condiciones dignas para vivir, y más, cuando son personas que no decidieron mendigar, que no decidieron venirse a la ciudad, sino que fueron obligados por la violencia que se riega y se siente más entre las montañas, donde las armas se volvieron una extensión del cuerpo humano.  

El Derecho Internacional Humanitario no permite el desplazamiento forzoso, exigiendo  que a esas personas se les tenga que dar todas las garantías de una vida digna. En los Derechos Humanos existe el derecho al asilo: Nadie puede ser privado de su propiedad arbitrariamente (articulo 17) [1].

 Oscar: continúa peleando por los derechos de los desplazados con su fundación. Los desplazados por la violencia siguen existiendo. Y los que murieron esa madrugada…

 “La muerte da miedo, claro, a veces da miedo. Pero si me muero así es la muerte que elegí yo, no porque vienen unos paras y te sacan de tu casa y te atan  y te meten bala por ahí como a un perro. En la pelea te pueden matar pero tú estas ahí, con tu arma, puedes matar, puedes ganar, puedes morir matando” (Jairo 19 años)

 

Camila Rodríguez.

Comunicación Social.

Universidad del Valle

 Artículo 17: 1. Toda persona tiene derecho a la propiedad individual y colectivamente. 2. Nadie será privado arbitrariamente de su propiedad.

 
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