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CAMPESINOS SIN CAMPO
FUE UNA MADRUGADA…
TODOS
AFUERA. Hijueputas afuera. Muévanse
hijueputas que no tenemos ganas de
esperarlos. Estos maricas se están
buscando que los encienda a candela. A
ver afuera.
El reloj marca las tres y treinta de
la madrugada. La luna todavía se
divisa en el cielo. A las pupilas les
cuesta trabajo acostumbrarse a la
oscuridad del ambiente. Oscar se
encuentra en su cama con los ojos
cerrados. Tal vez está soñando con su
familia que se encuentra en el pueblo,
después de una noche de parranda. Tal
vez ni siquiera está dormido y sólo
descansa los párpados. Tal vez ni
piensa, ni imagina, ni recuerda, está
sumido en la tranquilidad de la noche
que sólo se ve interrumpida por el
sonido de las luciérnagas y por las
risas de unos cuantos campesinos que
se resisten al sueño. Aunque en la
habitación hay más de 10 hombres
acostados en sus camas, una al lado de
la otra, el frío congela los huesos
protegidos por una cobija de lana. Ahí
está Oscar. Inmóvil. Preparándose
silenciosamente para otra jornada de
trabajo… TODOS AFUERA… Siete
encapuchados entran al cuarto azotando
las puertas y pegando alaridos
cargados de insultos y órdenes. Los
que empiezan a reaccionar pegan
brincos al pararse de la cama. No
tienen tiempo de entender que está
pasando y mucho menos de vestirse. Son
empujados por los encapuchados que
continúan gritando y dándole patadas a
las camas de aquellos que todavía no
reaccionan.
ESTOS
HIJUEPUTAS SE VAN HACER MATAR. ¡Paramilitares!.
Los encapuchados son paramilitares,
alcanza a decir en voz baja Oscar,
cuando le arrebatan de las manos la
camisa y lo empujan al exterior de la
habitación. El frió se hace más
intenso. Sólo unos calzoncillos
blancos cubren el cuerpo de Oscar. En
el patio los hombres sin rostro han
organizado en cinco hileras a todos
los que se encontraban en las
habitaciones. Unos cuantos
encapuchados continúan recorriendo la
finca, registrando cada rincón en
busca de un vivo que haya preferido
esconderse. A Oscar le amarran las
muñecas juntas con una cabuya que se
hace nudo y que le lastima la piel.
Pero ese dolor físico no se siente
cuando el miedo le recorre a uno las
venas y el frío le consume los huesos.
Ver tantos hombres sin poder
identificarlos, sabiendo por sus ropas
que son de las AUC, viéndoles en los
ojos el instinto asesino y en sus
manos armas de fuego que en cuestión
de segundos acaban con la vida de
cualquiera, hace que a uno le tiemblen
las piernas, le duela el estómago, le
rechinen los dientes y los
pensamientos se vuelvan ruegos a Dios.
Con sus ojos amenazantes que nadie se
atreve a mirar y mucho menos a
desafiar, revisan que los campesinos
no se muevan o hagan algo que ellos
consideren sospechoso. Quietos; todos
se tienen que estar quietos. YA NO
QUEDA NINGUNO DE ESOS HIJUEPUTAS EN LA
CASA. Al parecer todos estamos
formados ahí, algunos en ropa
interior, otros en pijamas y otros,
aquellos que todavía no se habían
acostado, con la ropa del día
anterior. Todos mirando al frente con
los ojos perdidos, parados con los
pies juntos y las manos atrás. Todos
escuchando en un silencio aparente,
porque el corazón de más de uno late
rápido y duro y las piernas tiemblan
al obligarlas a mantenerse erguidas.
Los cuatro hombres que están adelante
se ubican en cada esquina y el
comandante comienza a mover sus
labios. No queda más remedio que
escucharlo. Oír como nos acusa de
sapos por habernos atrevido a
colaborarle a algún guerrillero. Oír
que a todos los sapos, a todos los que
estamos ahí parados, nos van a matar o
por lo menos a torturar. VAMOS A
VER COMO MÁS DE UN SAPO SE MUERE COMO
SE TIENE QUE MORIR POR HIJUEPUTA.
Oscar
no puede evitar pensar en que todos
son culpables e inocentes. Hasta ayer
los guerrilleros eran los que
dominaban la zona. Tenían
prácticamente incomunicado al pueblo.
Había frentes en los alrededores. Eran
ellos los que se encargaban de la
seguridad con tal de que se les pagara
la vacuna y se les diera comida y agua
cuando ellos arrimaran a la finca.
Todos éramos culpables, porque
sabíamos de su presencia y no hacíamos
nada. Pero todos éramos inocentes,
porque el único que hablaba con ellos
era el patrón. Nos tenían organizada
la rutina. Nos acostábamos a las ocho
y los primeros miércoles del mes,
ellos hacían un recorrido por las
fincas del sector. Estaba prohibido
escuchar sus conversaciones, hablarles
o espiarlos.
La finca estaba sumida en un absoluto
silencio. Esos hombres que momentos
atrás se reían a carcajadas, hablaban
a gritos y que aún conservaban licor
en la sangre, ese aguardiente que se
arrebataban de mano en mano para
evitar que algún vivo se lo acabara,
ahora se encontraban silenciados,
quizá llenos de miedo al ver sus vidas
en peligro o quizá sin entender muy
bien que estaba ocurriendo, pero todos
deseando que la noche hubiera
continuado entre conversaciones, risas
y tragos así al día siguiente el
trabajo hubiera que empezarlo con el
cantar del gallo. Quietos. Todos se
encontraban quietos y en silencio.
VAMOS
A VER SI A LOS DEMÁS LES QUEDAN GANAS
DE SEGUIR EL EJEMPLO DE ESTOS
HIJUEPUTAS MALPARIDOS QUE COLABORAN
CON ESOS OTROS HIJUEPUTAS.
Estaban en el matadero. Oscar sabía
que algunos de los que estaban ahí
parados iban a morir en cuestión de
minutos y quizá de segundos. Tal vez
él moriría. Tal vez primero los
torturarían para sacarles información
y ahí si los matarían de distintas
formas. Quizá un tiro en la frente o
en el pecho. Quizá una herida en el
estómago y un desangramiento de horas
y de pronto de días. Tal vez les
abrirían el estómago a las mujeres
embarazadas o primero las violarían
para después matarlas. Tal vez les
cortarían el cuello para sacarles la
lengua por sapos. Era inevitable
sentirse en un juicio popular, donde
los que salieran culpables iban a
recibir la pena de muerte violenta y
los inocentes, si los había, tendrían
que salir corriendo o cambiarse al
bando de los nuevos patrones.
Oscar alcanzó a escuchar los pasos
del comandante que anunciaban el
inicio del juicio. Hasta los sonidos
más imperceptibles se hacían vibrantes
por la tensión que viajaba en el
ambiente y que contaminaba los
cuerpos. Primer Testigo y Acusado:
Pedro Ortiz. Lo jalaron de la camisa y
lo empujaron con tal fuerza al frente
que, después de dar unos pasos, se
desplomó sobre sus rodillas. VOS
HIJUEPUTA DECIME QUIEN ES EL PATRÓN.
No sé si fueron los tragos de la noche
anterior o el miedo que generaban los
sin rostro, pero Pedro Ortiz parecía
no entender lo que estaba pasando. Su
silencio parecía enojar al comandante
que ya lo apuntaba con el arma. A
VER HIJUEPUTA DECIME QUIEN ES EL
PATRÓN. Su voz que normalmente era
fuerte y templada, parecía ahora de un
niño tímido que se negaba a hablar:
yo. Dos letras. Un pronombre que se
escuchó tan suave y a la vez tan agudo
por el miedo y el terror. Un yo que se
volvió su última palabra antes de que
el PAJ le sacara la sangre del
cuerpo. Un cuerpo inmóvil que se
desplomó hacía adelante, mientras que
de su cabeza salía la sangre que
minutos antes había circulado por su
cuerpo. PAJ y el cuerpo se
sacudía ya en el suelo. Un último
disparo por si no se había muerto del
todo. NINGÚN HIJUEPUTA SE BURLA DE
NOSOTROS.
Segundo Testigo y Acusado: José
Pérez, el mayordomo de la finca. José
se encontraba al lado del hombre que
acababan de matar. Había visto en
primera fila cada respiración, cada
movimiento y había sentido en carné
propia, tal vez como ninguno, la
sentencia final. Pero, al parecer,
esto no era suficiente para los
encapuchados. A éste lo empujaron y
sin dar ningún paso cayó al piso,
mientras el cuerpo le temblaba con
fuerza y las lágrimas empezaban a
salirle huyendo por los ojos. Sin más
preámbulos y con la voz más enfurecida
le repitieron la misma pregunta que al
primero. ¿QUIÉN ES EL PATRON?
No sé si la pistola que les apunta la
frente no los deja analizar la
situación o si es que en un momento
como ese se pierde toda capacidad de
análisis. Pero sus palabras
confirmaron lo que segundos antes
había confesado Pedro: Él era el
Patrón. HIJUEPUTA Y PAJ. El
hombre y el arma eran como una sólo
persona aplicando la sentencia.
HIJUEPUTA Y PAJ. El segundo cuerpo
se desplomó a pocos centímetros del
primero. Las mujeres no podían
contener las lágrimas, pero se veían
obligadas a contener los gritos de
horror. La voz desapareció. El miedo
las había enmudecido. Oscar miraba al
suelo donde descansaban los pies
descalzos de aquellos dos hombres e
intentaba acallar las expresiones de
rabia y fragilidad. En momentos como
ese es cuando la vida se le pasa a uno
en segundos por la mente. Vida hecha
recuerdos felices, principalmente de
la familia. SE VAN A HACER MATAR
TODOS ESTOS HIJUEPUTAS.
Tercer testigo y Acusado: María Delia
Señil. Una mujer negra y gorda que se
encontraba detrás del mayordomo y que
se llevó las manos a la boca para
contener los gritos que se le
escapaban entre los dedos. No me
maten. Por favor no me maten. Su
voz llorona y temblorosa se juntaba
con las lágrimas y se volvía una
súplica desesperada. Súplica que se
reflejaba en su cuerpo, en su frente,
en sus manos. Súplica que parecía
satisfacer al comandante que la miraba
y sin pensarlo dos veces la apuntaba
con la pistola que pocos segundos
antes le había dado muerte a los dos
hombres que reposaban sobre la tierra.
Con una sonrisa le repitió la misma
pregunta: DECIME MALPARIDA QUIEN ES
TU PATRÓN. Ella que intentó
controlar el llanto para que la voz, o
por lo menos algo de ella,
respondiera, al primer intento no pudo
decir nada. DECIME HIJUEPUTA QUIEN
ES. Señor el Patrón era el
primer hombre que usted mató y el
segundo era el mayordomo.
HIJUEPUTA LA CAGAMOS. Todo
ocurrió en cuestión de segundos: los
hombres que nos rodeaban se miraron,
el comandante dio con su bota un golpe
al suelo y PAJ. El cuerpo de la
mujer cayó inerte cerca al del
mayordomo. PAJ, PAJ, PAJ. Es
como si la rabia de haberla cagado la
hubiera descargado en el cuerpo inerte
de la cocinera que suplicó por su
vida, pero que ni el llanto pudo
evitar que la perdiera.
Cada cuerpo que se desplomaba
levantaba un humo de polvo e
impregnaba el poco pasto verde de un
rojo oscuro. Un rojo de muerte.
Oscar que se encontraba en la quinta
hilera de la cuarta fila no logró
controlar la ira y el sentimiento de
injusticia que su mente alimentaba al
hacer analogía con el recuerdo de los
judíos muriendo en Alemania a manos de
los Nazis. Callados, los judíos habían
muerto callados. Y como cuando se
escapa un suspiro empezó a gritar. La
rabia le salía por su boca convertida
en palabras. Quizá a Oscar ya no le
importaba morir o quizá le importaba
tanto que no podía seguir esperando en
silencio que lo mataran. Cerró los
puños con toda su fuerza, arrugó su
frente, los ojos no parpadeaban y el
calor lo recorrió, olvidándose de la
brisa helada de aquella mañana.
Déjenos en Paz. Silencio. En
absoluto silencio se quedaron todos.
¡Auxilio!
¿Por qué no nos matan ya a todos?
Ustedes son los Hijueputas.
1, 2, 3. Tres segundos después de los
gritos y la temperatura de ese momento
revienta cualquier termómetro. El
ambiente se hace más tenso. Las
lágrimas se contienen. Las caras no
saben que expresión hacer. Los hombres
que se encontraban al frente de la
formación ahora se encuentran a unos
centímetros de Oscar, obligando a los
demás campesinos a girar sus miradas
hacía ellos. En ese momento ya no se
piensa en la vida y menos en la
muerte. Sólo se siente terror y al
mismo tiempo dignidad. El arma que
mató a los cuerpos que reposaban en el
suelo y que significan un vació en las
filas se mueve hacía la quijada de
Oscar y con su parte inferior la
golpean repetidamente. CALLATE
HIJUEPUTA. No sé si Oscar se había
convertido en el cuarto acusado y
testigo, tampoco sé si sentía el dolor
físico de los golpes, pero si sé que
no dejaba de sentir un dolor que huele
a dignidad, a orgullo. El miedo seguía
ahí, pero ya casi no se acordaba de
él. Obligó a sus piernas a moverse y
arrancó a correr. Corran. Corran.
“Yo corría sin mirar atrás. Corría y
no pensaba sino en salvarme. Sólo
podía escuchar los disparos y segundos
después los gritos y los cuerpos que
se desplomaban a mis espaldas. Los que
seguíamos vivos corríamos. Corríamos.
Yo escupía los dientes quebrados con
saliva rojiza. El dolor no lo sentía.
Sólo pensaba en correr. Me daba miedo
pensar en que una bala alcanzara mi
cuerpo y cayera como los demás. En
esas llegué al río. El mismo río donde
tiraban los cuerpos que habían perdido
la vida a manos de la guerrilla días
antes. Era mi oportunidad de salvarme.
Sólo me tiré”. Un río que sumergía
a Oscar en su acelerada corriente,
mientras él intentaba mantener la cara
a flote, por lo menos mientras
inhalaba. “Cómo tenía las manos
amarradas y la corriente me llevaba
muy rápido, con la boca me agarré de
unas ramas que habían sobre una
orilla. Hay si el dolor de los golpes
fue terrible, pero era eso o morirme
ahogado. No sé como salí del río. No
me acuerdo de nada más hasta que
desperté en un campamento guerrillero.
Ellos me habían curado la herida. Me
llevaron al pueblo y, sin pensar nada,
busqué a mi familia y me fui
corriendo. Nunca deje de correr”.
AHORA ACÁ EN LA FUNDACIÓN…
“Ahora
soy el coordinador de la fundación
Paz, Pan y Vida. Agrupación de
desplazados que luchamos por una vida
digna, cómo la que teníamos de donde
nos sacaron a punta de miedo. Es una
fundación que creamos en junio del
2000, sin personería jurídica, porque
estamos conociendo el camino. No
tenemos una propuesta escrita.
Buscamos responder la pregunta: ¿Qué
le falta a las asociaciones de
desplazados?”
Los recuerdos son tan vivos que Oscar
vuelve a ese día, a esa hora, a ese
momento una y mil veces, nadie sabe
hasta cuando. Son recuerdos que lo
persiguen y lo han perseguido en las
noches, en el día, cuando ve a su
señora, cuando se mira al espejo y
cuando conoce personas que, con
situaciones similares, se han visto
obligadas a dejar la casita, buscar la
familia y venirse a la ciudad. Son
imágenes de dolor y sangre. Y después
de pensar, de guardar silencio un
rato, de controlar las lagrimas, de
apretar los puños para que la tristeza
no se alcance a hacer visible sólo,
con su voz algo quebrada, dice: “Gracias
a Dios mi familia estaba en el pueblo
y no en esa finca, porque así sólo
tenía que pensar en salvarme yo”.
Quizá si su familia hubiera estado
allá, Oscar habría muerto por
salvarlos. Quizá no habría gritado.
Quizá el instinto de autoprotección no
lo hubiera dejado sino acordarse de
él. Pero como él dice: Ese no fue su
caso, pero si el de muchos
desplazados.
Maria del Carmen López: su padre Hugo
López fue asesinado, junto a otras 13
personas en octubre de 1997 a manos
de paramilitares. Humberto Restrepo:
familiar de siete víctimas de la
masacre de El Salado Bolívar, ocurrida
entre el 18 y el 21 de febrero del
2000, que dejó 100 muertos y fue
atribuida a un grupo de 400
paramilitares. Freddy Rojas:
presenció el asesinato de su hermano y
de su padre a manos de 8 paramilitares
comandados por alias “el Cirujano”,
llamado así porque usaba una
motosierra para matar a sus víctimas.
Maria Antonia Chativa: madre de 15
hijos, 7 de ellos perdidos en
conflicto.
Del dolor de los golpes sólo queda
una cicatriz en su rostro, pero el
dolor de la dignidad y el orgullo…por
ese es por el que todavía se pelea. “Los
desplazados no somos mendigos, somos
trabajadores sin tierra y sin
oportunidad” y de eso se trata la
fundación. Pan, Paz y Vida no es sólo
un hogar donde se apadrinan los
desplazados que llegan a Cali para
garantizarles las necesidades básicas
y los derechos fundamentales. Sino que
es un grupo de personas que ayudan a
que los desplazados se repongan del
dolor y el abandono, del cambio
drástico de medio y les ofrecen
posibilidades para que empiecen a
trabajar aquí y ahora.
La vida de Oscar ha cambiado varias
veces. Su niñez la pasó en el
Putumayo. Después se vino a Cali,
donde trabajó en la Cooperativa
Financiera Solidaria durante 9 años. 9
años para él perdidos, porque al
quebrar la cooperativa quedó sin
seguro médico, sin seguro de vida, sin
pensión y sin trabajo. “En el
pueblo yo había dejado mis amigos de
la escuela y fue por uno de ellos que
conseguí el trabajo con Pedro Ortiz
como decorador de interiores” y,
aunque es un trabajo que sólo le
garantiza 7 meses de comida y
manutención, en una situación
económica tan difícil, en una ciudad
paralizada y siendo una persona con
pocos estudios académicos, más vale
algo que nada. Por eso decidió irse
nuevamente al Putumayo. “Yo no
sabía que Pedro tenía relaciones con
las FARC. En esa finca había cocinas,
extensiones de tierra para sembrar
coca y se pagaban vacunas para que los
guerrilleros cuidaran la zona y no
secuestraran a nadie de por ahí. El
ejército hacía apariciones momentarias
y poco regulares. Cuando llegaban
preguntaban por la guerrilla y los
paras, pero en un ambiente tan
caldeado es mejor guardar silencio”,
quizá hacerse el ciego, el sordo y el
mudo.
“El
desplazamiento no es un efecto de la
guerra, sino que eso tiene un
trasfondo. Aquí no hay desplazados por
situaciones de la guerra, por el
contrario, aquí hay guerra para que
hayan desplazados, que es muy
diferente”.
Su jornada diaria nunca es fija ni
rutinaria. Sabe que se levanta con las
gallinas, como un buen campesino, pero
cada día hay nuevos problemas y nuevos
derechos pisoteados por los cuales hay
que pelear. “Una vez nos tomamos el
parque de la gobernación, porque Cali
es una ciudad muy egoísta y cerrada.
Cuando estaba de alcalde el señor
Cobo, se vendió la imagen de que los
desplazados éramos un problema, porque
le quitábamos belleza a la ciudad,
parados en los semáforos generábamos
la sensación de miseria. Por eso fue
que el señor Cobo propuso cerrarles
las entradas de Cali a los desplazados
de todas la regiones” Quizá,
porque para él el problema
desaparecería o porque le importaba
más la belleza que la necesidad. Pero
invisibilizar el problema no hace que
desaparezca, sólo lo oculta ante los
que no lo quieren ver, pero, como ha
dicho varias veces Oscar, el problema
no son los desplazados o los
guerrilleros o los paramilitares, el
problema es la injusticia social.
“Mi
desplazamiento no obedece a un
enfrentamiento mío con los
paramilitares. Sólo estuve en el lugar
equivocado a la hora equivocada. Soy
desplazado, pero no desarraigado”
CON
LOS PIES SOBRE LA CIUDAD…
“Llegar a la ciudad fue más duro que
salir huyendo del Putumayo”.
Fueron días sin saber que hacer ni a
donde ir. Días sin un solo peso en el
bolsillo y sin un pan para calmarle
el hambre a la familia.
3
de Marzo de 1999 y de ahí PA delante…
Parados en el terminal con unas
cuantas talegas transparentes en las
manos, donde se alcanza a divisar lo
que ellos querían ocultarle a una
ciudad irreconocible, la pobreza,
Oscar y su familia se vio obligada a
buscar un semáforo, estirar el brazo y
pedir una colaboración económica para
pagar un sitio donde pasar la noche.
La familia en cada rojo del semáforo
se repartía entre las hileras de
carros que paraban y explicando su
condición de desplazados, esperaban
recibir cualquier monedita. De muchos
no recibieron ni una mirada,
continuaban con el vidrio arriba,
escuchando música y jugando a la
gallinita ciega. De otros sólo
recibieron una mirada de duda y un
“no tengo” de sus labios y, de una
cantidad muy escasa, de aquellos que
querían hacer la caridad religiosa del
día, unas cuantas monedas, sólo
monedas. 100, 200 y hasta 500 pesos
que completaron para pagar el alquiler
de un cuarto por una noche en Agua
blanca.
Eso fue, quizá, el golpe más duro para
un hombre acostumbrado a trabajar. Era
verse reflejado en cada mendigo, estar
prisionero de una pobreza absoluta,
donde así el orgullo jale no hay más
remedio que pedir.
“Esa noche dormimos en el piso, con la
ropa del día que acababa de pasar, sin
una cobija para ahuyentar el frío y
sin un grano de arroz para calmar el
hambre”.
Pero esta historia en la ciudad apenas
empezaba. Fueron días en los que el
dolor, el desasosiego, el no
reconocimiento de la nueva situación,
no los dejaban hacer otra cosa que
salir a la calle, buscarse un semáforo
y pedir. El venirse del pueblo por la
violencia es un cambio tan fuerte y
tan repentino que la mente se
paraliza, los miedos afloran y la
quietud se vuelve una condena. Les
tocaba utilizar los parques como
sanitarios, las piletas como duchas y
cambiar el arroz y unas papas crudas
en la tienda por papas aborrajadas, al
no tener ni una olla y ni una estufa
para cocinar. Los cuerpos ya empezaban
a oler a miseria y los pies
arrastraban quietud. “Parecía como
si cayéramos cada vez más en un estado
de depresión sin ninguna oportunidad
para trabajar”. Y por ahí dicen
que al tocar el fondo no queda más
remedio que pararse y salir de él y
más cuando la familia empieza a doler.
Tal vez aquí empiece la parte feliz
de la historia, pero no es el final,
ni dura para siempre. Y quizá está sea
una historia de las pocas de
desplazados que tiene una parte feliz.
No la más feliz, porque esa sería no
haber salido nunca de su tierra a
causa de la violencia. Quizá a Oscar
lo ayudó no ser desarraigado, haber
vivido 9 años en la ciudad, contar con
una educación suficiente (saber leer,
escribir, sumar y restar) y tener
una familia por la cual trabajar.
Quizá sea sólo un hombre que tenía que
estar de nuevo en el lugar preciso y a
la hora indicada para encontrar la
ayuda necesaria y para reaccionar ante
la quietud.
Un día cansado de sentirse víctima,
cansado de ver que eran invisibles
para la ciudad y para el país, Oscar
cogió a su hijo mayor y se lo llevó
al granero que quedaba en la esquina
de donde estaban viviendo y pidió que
le prestaran una olla, unas cuantas
panelas, agua y unos vasos
desechables. “Yo no quería dinero.
Yo quería trabajar”. Salieron a
la calle, buscaron una esquina
concurrida de la pasoancho y se
pararon ahí con la olla a vender agua
de panela, desde las diez de la mañana
hasta las siete de la noche. “Me
acuerdo que el primer día ganamos
$60.000 pesos; con eso le pagamos al
señor las panelas y compramos las del
día siguiente”. Fueron ganancias
que variaban entre $50.000 y $150.000
pesos diarios. 150.000 pesos que
juntando, les sirvieron para salir del
cuarto y alquilar una casa pequeña,
comprar las camas, la ropa, la comida
y meter a la escuela a los niños. El
estar días enteros parados en los
semáforos, con ese letrero colgado en
el cuello o llevado en las dos manos
que explica que son desplazados,
ofreciendo el agua de panela, les
permitió conocer a más desplazados con
historias a veces similares y a veces
mucho más dolorosas, con quienes se
fueron agrupando y a quienes ayudaron
para que encontraran una forma de
conseguir dinero sin tener que
mendigar. También conocieron a otros
que sólo se hacían pasar por
desplazados para evitar el trabajo y
ganarse lo del día más fácil. Ese fue
el tiempo en que Cali vivió el Bum de
las aguas de panela en las esquinas.
“Los desplazados no somos mendigos.
Uno si les debe colaborar con dinero
al principio, para comprar los
primeros materiales para que trabajen,
pero después no, porque eso los
mantiene en la quietud con la que se
llega, en el desasosiego que no deja
pensar”.
AHORA
TODO NO ES COLOR DE ROSA…
De
los desplazados todos hablan. Todos
los hemos visto en los semáforos o en
cualquier otra parte pidiendo una
colaboración económica, comida,
trabajo o lo que se les pueda dar.
Pero quizá es una situación llena de
sentimientos que preferimos olvidar o
simplemente que evitamos sentir. En
las ciudades el conflicto se respira
diferente, se huele diferente, se oye
diferente. Y por eso, sumándole la
ayuda de los medios de comunicación,
nos queda tan fácil ignorar lo que
realmente pasa: Medios de comunicación
que incentivan el olvido con la
organización de las noticias y con la
parte de la realidad (si es que hay
algo de ella) que cuentan. Quizá nos
parezca generoso el gobierno dando
subsidios, almuerzos y ayudas a los
más pobres, pero lo que nadie entiende
es que el gobierno poco o nada tiene
de generoso, porque aquí no se trata
de compasión o caridad, aquí se trata
de la obligación de garantizarle a la
gente, y sobretodo a los niños,
condiciones dignas para vivir, y más,
cuando son personas que no decidieron
mendigar, que no decidieron venirse a
la ciudad, sino que fueron obligados
por la violencia que se riega y se
siente más entre las montañas, donde
las armas se volvieron una extensión
del cuerpo humano.
El
Derecho Internacional Humanitario no
permite el desplazamiento forzoso,
exigiendo que a esas personas se les
tenga que dar todas las garantías de
una vida digna. En los Derechos
Humanos existe el derecho al asilo:
Nadie puede ser privado de su
propiedad arbitrariamente (articulo
17)
.
Oscar: continúa peleando por los
derechos de los desplazados con su
fundación. Los desplazados por la
violencia siguen existiendo. Y los que
murieron esa madrugada…
“La
muerte da miedo, claro, a veces da
miedo. Pero si me muero así es la
muerte que elegí yo, no porque vienen
unos paras y te sacan de tu casa y te
atan y te meten bala por ahí como a
un perro. En la pelea te pueden matar
pero tú estas ahí, con tu arma, puedes
matar, puedes ganar, puedes morir
matando”
(Jairo 19 años)
Camila Rodríguez.
Comunicación Social.
Universidad del Valle
Artículo
17: 1. Toda persona tiene derecho
a la propiedad individual y
colectivamente. 2. Nadie será
privado arbitrariamente de su
propiedad.
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